Maestro triste. Por Román Torres


Maestro triste

En la arquitectura de los volúmenes que nos quieren trasladar a un quincho, percibimos la misma discreta disposición de los espacios que un obrero, maestro/ obrero, hace sobrevivir o aparecer en el lugar de trabajo, lugar en donde se construye, en “la obra”. La “instalación de faena”, espacio provisorio que lo acogerá. Ahí evoca no sólo la casa, sino que genera un desplazamiento; una cocina masculinizada. Un bodegón de champú, desodorante, talco y colonia, enmarcado en un camarín.

Termina la quincena en un esperado asado. Se alarga la jornada y se almuerza tarde. En este quincho un “jornal” prende el fuego y la carne ya es puro símbolo de fiesta, derroche, de exceso, una excusa más para llegar pronto a la lata de cerveza, al vaso de vino y en silencio escuchar la mezcla de radio (la contingencia exterior) y crepitar de las brasas (lo local, ancestral, el santuario, el lugar del sacrificio y libación) interrumpiendo con comentarios repetidos, banales.

El asado de la quincena es la excusa tradicional para abandonar la obra algunos días o en uno de sus riesgos, ya no volver más. Celulares indiferentes, tecnología sorda. El tedio, la monotonía sin novedad del lugar, hace hasta preferir tomar otros trabajos, empezar de nuevo.

¿Cómo no ver en “Maestro triste” un altar? la cocina es un altar, un quincho, ya dijimos, es un ara- santuario. Este tiene hasta un tabernáculo, el sagrario.

En “Maestro triste” también percibimos la reverencia y saludo respetuoso por una idea de masculinidad de un oficio que sigue siendo finalmente oprimido y explotado. Los arquetipos de obrero en este occidente que nos toca son necesariamente sagrados. En “este occidente”, Dios mismo, no sólo se hace humano, sino que también obrero/operario, y recibe este oficio del padre adoptivo, padre putativo. Su trabajo es sagrado. El obrero como sacerdote, “el cura obrero” está ahora muy lejos de la imagen que nos propone Gonzalo con esta video instalación.

El artífice de “Maestro triste” deja ver a ratos la manualidad del artista, artesano y operario, no sólo en los recursos escenográficos de una instalación, con la “bolsa de mortero” como objet trouvé, dispuesta a ser vuelta a ocupar, sino que lo subraya todavía más con el aparato/parrilla que vuelve a empatizar con el ojo espectador. Uno se pregunta si acaso no se podrá asar realmente un trozo de carne, o si en el gesto de su fabricación no hay a propósito un diseño deliberado.

El personaje de la animación lleva ropa de colores vivos de marca reconocible y toperoles nuevos, lejos del obrero de nuestra infancia, el obrero de zapatón, mezclilla y aserrín. Se identifica en su monotonía, el acceso aparente de una mejor vida que le sigue prometiendo el neoliberalismo.

El golpeteo es también la cadencia de una letanía ¿qué es lo que martilla? ¿la impotencia en la conciencia de su condición? ¿el construir casas mejores que la propia? ¿la condena de crear ciudades que él no diseña?

Es bien patente como discute “el maquillaje” frente a la nostalgia de “lo sólido”. El maquillaje evidente del enchape de ladrillo, que aunque tiene efectivamente “algo” de ladrillo, está sin su condición estructural, la que soporta. Es puro maquillaje. “Parece” más que “es”. Dualidad indiferenciable actualmente. Sin embargo “Maestro triste” en su orgánica es una caricatura en sí misma. Este quincho es la escenografía blanda de un video blando, de ahí la potencia burlona.

Santiago, enero, 2018.


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