Un animal sin importancia. Por Ignacio Gumucio


Alcachofas prehistóricas

Hay una replica común (una talla) que me gusta particularmente.

La sentencia dice: [tenís más hambre, que el huevón que descubrió qué las alcachofas se podían comer].

Me figuro al primero que las comió. Imagino que tal vez un incendio le permitió notar que cocida, esta planta tosca no era tan dura, ni tan ácida.

Repaso todos los pasos culinarios que son necesario para comer alcachofa, y traslado la escena a un lugar con personajes prehistóricos brutos, hambrientos y siempre sorprendidos por las novedades del mundo, y me da risa.

En el taller al realizar un gesto del oficio, o prediciendo una relación de causal esperable, me entretengo pensando en “el huevón que tenía tanta hambre que descubrió que las alcachofas se podían comer”. Lo veo saltando y gruñendo al constatar –por primera vez­– que soplando la cola fría se endurece mas rápido.

Creo que muchos artistas estamos por horas en lugares que se ven parecido a una gruta, aguardando pacientemente un momento de descubrimiento, una primera vez de la técnica. Preparamos nuestras facciones para realizar la mueca ridícula de sorpresa, que los actores de las películas de cavernícolas repiten casi en cada escena.

Siempre hubo una primera vez, y por más que tengo en mente el diagrama que muestra la evolución paulatina de los homínidos, termino pensando en el primer zapato, el primer-primer bolsillo. En el primer-primer-primer nombre propio.

Gonzalo Aguirre, despliega en un muro del Museo de Arte Contemporáneo un panorama de imágenes de estas cosas primeras. Bajo el nombre “Un animal sin importancia”, encontramos impresiones en papel, una máscara de cemento, objetos de aserrín engomado y una banca de madera desde donde se emiten 3 GIFs animados. Las imágenes en papel y los GIFs son tratados (trabajados) de modo tal, que se igualan en “cosidad” y peso a la cabeza de cemento y piedra, dispuesta en el lado izquierdo del políptico.

Los papeles son reforzados en su grosor, brillo y materialidad, los GIFs parecen pesar en kilogramos lo que pesan en kilobytes. Todo pesa en ese muro, y por eso todo está notoriamente presente; todo indica que lo que vemos sucedió en otra época extinta. Mas bien en muchas otras épocas.

Las películas sobre la prehistoria desde donde Aguirre extrae algunas de sus imágenes, son normalmente criticadas por su falta de rigor histórico, por los muchos anacronismos constatables, por la convivencia errónea de elementos extintos en épocas diferentes. Asunto que es además el chiste más recurrente en las películas cómicas sobre este periodo. Basta recordar el tocadiscos en Los Picapiedra (1960), las actitudes propias de los años 60 en “El cavernícola” (1980) de Carl Gottlieb, o el carnet de identidad en “Las tres edades” (1923) de Buster Keaton.

Estos anacronismos buscados o evitados; convocan a muchos pasados a la vez. Gonzalo nos propone una convivencia en simultaneidad de soluciones que parecieran superarse unas a otras. En su hacer artístico ha constatado muchas veces cómo, un modo técnico no borra al otro; cómo la evolución del video digital por ejemplo, no borra del todo los modos neandertal de animar una imagen.

En las imágenes de libros educativo de los 80, los peinados hollywoodenses de los 50 y las disposiciones de los museos de los 30. Se superponen muchas prehistorias, muchos momentos pre- técnicos posibles de concebir.

En ese sentido, la imagen del primitivo de perfil, con traje oficinista es muy elocuente. Es a mí parecer inolvidable porque es imposible ubicar esta escena en una época exacta, quedando como única opción leerla como contemporánea al que la mira. Este efecto se disemina hacia la izquierda, tornando a la imagen de la mujer prehistórica desnuda en un personaje solidario de nuestra fisionomía y postura corporal patética.

Así, y siguiendo la orientación de la mirada de la mujer, vemos un pareja de actores hollywoodenses actuando de cavernícolas. Están recostados en un lecho de pieles, configuran un plano típico de las escenas de comedia romántica de los 50. Pero, sus expresiones son tan cándidas, inocentes y afectadas que creo que sin entenderlo del todo, descubrieron el sentido de recostarse y cubrirse con sabanas. Con los ojos encandilados ven una verdad intrínseca de las camas, del dormir, del soñar, del sexo y de la muerte. En fin, algo importante y dulce.

Agosto, 2018.


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